No sé por qué esta foto de Elizabeth Opalenik, que nos propone Ana Vidal para este viernes, me ha sugerido esta historia de repúblicas bananeras, de opresión y rebeldía. Lo cierto es que he escrito otra antes y la he mandado al concurso de la Microbibliteca, espero que haya suerte, veremos. El caso es que me gusta, creo que la repetición de la frase fetiche le da cierto ritmo, aunque el final quizá llegué un poco atropellado y desdibuje un poco la intención. He intentado avanzar desde lo cotidiano a lo excepcional, pero tampoco quería extenderme demasiado, por lo que es posible que me haya saltado algún paso y el final se nos venga encima de repente. Ya me diréis si opináis como yo, o si he sido demasiado generoso juzgándome. La imagen como ya sabéis en de Elizabeth Opalenik.
Estado de excepción
Nos vigilan desde el límite de la
arboleda, desde la atalaya del cerro sur, desde sus lanchas de guardabosques
que patrullan día y noche. Lo saben todo de nosotros. Saben lo de Nakawe, la de
los Quirán, con el chico de los Acha. Saben que Surem se muere sin remedio, que
sus hijos pasan hambre, y que su mujer, Huilén, duerme en la cama del vicario.
Saben que Yacú, el pescador de anguilas, esconde en una lata las pepitas de oro
que recoge en el margen del estero. Saben que la lluvia atraviesa los tejados y
que el viento apaga las hogueras que nos calientan en invierno. Saben que
blasfemamos en secreto y que nos reunimos la noche de los martes en el hogar de
caña. Saben que guardamos armas en el sotabanco y quien nos las ha
proporcionado. Lo saben todo de nosotros. Saben hasta el día en que está programada
la revuelta y lo que harán después con los cadáveres de los insurrectos. Lo
saben desde hace tiempo. Como sabemos nosotros que ya no hay marcha atrás.
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