domingo, 15 de enero de 2017

Esta Noche te Cuento. Noviembre/diciembre. Emigración


Acabó el 2017 en Esta Noche te Cuento con el tema de la emigración. Un tema sugerente que se podía abordar desde muchos ángulos. Yo elegí el más cercano, con el que me cruzo cada día en más de una ocasión. Aunque no hay uno solo, este relato sí está inspirado en alguien muy concreto, con el que he hablado en más de una ocasión. Hay muchos más, aparentemente parecidos, pero cada uno con una historia a sus espaldas, y estoy seguro que si alguien llega a leer esta historia pondrá también otras caras, otros super, quizá otras razas, pero siempre la misma lucha, semejante desarraigo. Este es el mío...

El negro del AhorraMas

Su nombre es Mbaye. Cuando está solo deja que golpee las paredes de su cabeza: «Mbaye, Mbaye, Mbaye…». Ya nadie le llama así, ni siquiera en la casa ocupada en la que vive con otros que, como él, tuvieron que abandonar su tierra. Se ha acostumbrado a mentir, a cambiar de nombre y de nacionalidad, a inventar parientes y profesiones, a decir que está bien mientras la pena avanza despacio y en silencio dentro de sus tripas. «Mbaye, Mbaye, Mbaye…», rebota de la sien a la nuca, de la frente a la coronilla, igual que aquel balón, repleto de cicatrices de bramante, que chutaba con sus amigos contra la cerca del protectorado. Después la guerra. Muchos cambiaron el balón por un machete, los juegos por pistolas. A los más grandes les armaron con fusiles y tacharon la palabra amigo de su vocabulario. No quedaron más salidas que el ultraje, el éxodo o la muerte.

Mbaye ofrece la palma de su mano y su sonrisa a quien se acerca al súper. Contrasta su blancura con lo negro de su piel, con la sombría gravedad de su añoranza, con el incierto futuro que en forma de calderilla alcanza sus bolsillos.

Scan
Ilustración de Paloma Hidalgo

lunes, 14 de noviembre de 2016

Esta noche te cuento. Septiembre/Octubre


Esta noche te cuento es uno de los blogs por los que siento más cariño. Se puede decir que, después de una larguísima parada, empecé a escribir allí, allí  y en Cuenta 140, el blog de El Cultural de El Mundo. En las aguas de ambos, empecé a nadar en el proceloso mar del microrrelato. Después hubo más blogs: REC, Wonderland, El Bic Naranja..., algunos premios y muchos amigos, pero sobre todo una gran satisfacción a la hora de escribir. Sin embargo, a pesar de los buenos momentos que me proporciona escribir en ENTC, no consigo llegar a hilvanar un micro con la calidad suficiente para colarlo en le libro que los administradores del blog editan al final de cada año (uno en una repesca). 
En el pasado  bimestre, dedicado a la mujer rural, con la inspiración de una fabulosa imagen de Petra Acero, esta fue mi apuesta:


Arraigo

La vieja Leocadia liquida las tardes en el poyo de la puerta de su casa. Ve pasar el tiempo y a algunos de sus paisanos que saludan mohínos. Otros tuercen la mirada cuando llegan a su altura. No debería haber vuelto, piensa, pero a qué otro sitio podría haberse ido. En sus ojos cansados, confunde la cal rancia de las fachadas de enfrente con la memoria difusa de otro tiempo, cuando el frío y las afiladas lenguas de los vecinos traspasaban las paredes de adobe y se instalaban dentro todo el invierno. Tuvo que salir de allí; no soportaba en sus zapatos el barro de los surcos ni el acre olor a excremento de las bestias ni, mucho menos, el sudor de vino áspero de Joaquín, su hombre, capataz en los campos y en la cama que, mientras ella se partía la espalda, cerraba tratos en tabernas y burdeles. El macho que la cubría a destiempo, sin besos ni caricias, y se quedaba dormido cuando ella no se podía aguantar las ganas. Tuvo que irse y aquel tratante fue su puerta de salida. Tropezó después en otras piedras. No se arrepiente, aunque hoy nadie perdone su regreso.

Imagen de Amparo Martínez Alonso (Petra Acero)

sábado, 22 de octubre de 2016

Viernes Creativo. Maciste Alpino

Desde hace algún tiempo, es con los textos que escribo para el Viernes creativo con los que más disfruto, con los que acabo más satisfecho. He estado pensando sobre que puede causar esto y sin llegar a ninguna conclusión, si me he dado cuenta de que en el Viernes creativo no hay un plazo que cumplir, ni ningún tope sobre el número de caracteres o palabras a escribir, no hay competencia ni ganadores ni perdedores y no hay tema ni una frase por la que empezar o terminar. Es posible que debido a todas estas ausencias me sienta más libre durante el proceso de creación que en otros blogs (aunque debo decir que adoro los sitios en los que escribo y que me muero por un cuerpo a cuerpo), aunque también es verdad que hay imágenes que me sugieren mucho, en las que enseguida se adivina una historia. Por eso hoy, con la esperanza de que las musas dejen de serme esquivas, reabro la Levita...

Ana vidal nos vuelve a poner a prueba, esta vez con una imagen de la la película Maciste Alpino, de Giovanni Pastrone.

maciste-alpino-05

Adhelaida o el amor de un brigadier

Otabio Názzàret, contramaestre retirado y forzudo oficial del circo permanente Zotti, no se sintió capaz de superar la partida de la bella Adhelaida, simpar amazona, volatinera grácil y encargada de prender la mecha en el número del hombre bala, que, seducida por el artificiero jefe, Leonardo Tenttetieso, brigadier del acuartelamiento de Fortesquinssa, asesor a tiempo parcial de detonaciones varias, incendios controlados y quema de aros y otros enseres en la jaula de las fieras del maestro de ceremonias, abandonó, una madrugada de luna nueva, el carromato que el fornido ex militar y la delicada atleta compartían desde el día en que Otabio, en un alarde de entusiasmo al final de la función, levantó en volandas con una sola mano a la bella criatura y esta tuvo la oportunidad de fijarse en aquellos ojos grandes, claros y profundos; en el reflejo púrpura de aurora que allí anidaba y en el rumor recóndito del oleaje que le pareció escuchar en su parpadeo. Aquel amanecer, el hercúleo artista, descubierta la traición, se sentó en la cama que había compartido con su amada durante todo este tiempo y, con la intención de no tomar ninguna decisión precipitada, quiso contar hasta diez. No había llegado todavía al ocho cuando, preso de una ira para él desconocida, franqueó la puerta y a grandes zancadas alcanzó en un tiempo récord el cuartel en el que se ocultaban los infieles. Dicen quienes allí estaban presentes que cuando encontró al felón, el oleaje que otrora hubiera en su mirada se había convertido en galerna, el rumor que salía de sus párpados en un brutal bramido y el reflejo de la aurora en la negrura del abismo; que ni entre toda la guarnición fueron capaces de frenar su ímpetu; que levantó al autor de su deshonra como si fuera de cartón y que después de darle varias vueltas en el aire, lo lanzó con tal violencia y precisión que, completamente atónicos y pasado el inicial temor, no tuvieron más que aplaudir tan magistral ejecución. Cuentan también que Adhelaida volvió arrepentida y sumisa a su nido de amor mancillado y que ya nada fue igual en el circo, que suspendieron los números de fuego, que vendieron el cañón y que el propio Otabio se encargó desde entonces de poner en órbita al hombre bala, para regocijo de la concurrencia.


sábado, 13 de agosto de 2016

Viernes Creativo. Rosa Basurto.


Me han dicho que la semana pasada también hubo viernes, y esta fue la propuesta de Ana Vidal...


Se levanta la bruma y estamos a mesa puesta con esta evocadora fotografía de Rosa Basurto. ¿Qué te susurra esta imagen?

rosa-Basurto-



Devhora o Manual simplificado de deconstrucción 

Fue Marcel, tan complaciente siempre, tan dispuesto a satisfacer todos sus caprichos entre las sábanas, el primero en abandonar la mesa. Había tragado con los suspiros de tallos de alcachofas recogidos en noches de luna nueva, con la muselina de ruibarbo al aroma intenso de caléndula y con la emulsión de pétalos de rosa sobre gelatina de hinojo fresco, pero por fin se rindió. Incapaz de enfrentarse a aquella mousse de babas de caracol en salsa de almendras amargas y lluvia de cebollino en finísimo brunoise, se calzó su sombrero de Panamá, agarró su bastón de ébano con empuñadura de marfil, se levantó de la silla de madera noble, que había ocupado de forma tenaz durante los últimos años, y se marchó por la misma vereda que había llegado un día, sin atreverse a mirar atrás y con la arrugada dignidad de un sacristán de pueblo. La siguiente fue Adelina, su hermana. Siempre a la sombra de Devhora e incapaz de llevarla en nada la contraria, añoraba en secreto los guisos de abuela: las suculentas calderetas rebosantes de salsa y de cordero, repletas de zanahorias y guisantes; los pucheros de jamón y magro, de longanizas y morcillas de arroz o de cebolla; los bizcochos marmóreos que no se deshacían ni mojados en leche y no aquella espuma de menta y esencia de sésamo que supuso la gota que colmó el vaso de su infinita paciencia. De la mano de la abuela cruzaron el jardín hasta llegar a la casa y de allí salieron en dirección al pueblo cargadas de maletas antiguas, de arcones de otro tiempo, que habían olvidado lo que significaba salir de viaje. Los niños aprovecharon para salir corriendo, para ahorrarse aquella comida que se hacía tan difícil de pronunciar como de terminar, y se perdieron en dirección al río, en medio de una bruma espesa que acabó por evaporarlo todo, por dejarla allí sola, pensando de qué manera, con aquellas dos naranjas y un azucarero, podría volver a elaborar una familia nueva.

Viernes Creativo. Julio Cortázar.



Este viernes, Ana Vidal, aconsejada por María Belén Mateos Galán, nos cambia el paso para pedirnos una imagen que encaje en un relato de Cortázar, esta es su propuesta, y la imagen que me ha sugerido...

Pese al título del viernes creativo, hoy no os pido que escribáis una historia sino que encontréis una imagen para esta historia, un cuento breve de Julio Cortázar rescatado de su libro «La vuelta al día en ochenta mundos». Es posible que, después, esa imagen os lleve a escribir vuestra propia historia.


Manera sencillísima de destruir una ciudad

Se espera, escondido en el pasto, a que una gran nube de la especie cúmulo se sitúe sobre la ciudad aborrecida. Se dispara entonces la flecha petrificadora, la nube se convierte en mármol y el resto no merece comentario.
Te invito a dejar tu imagen —y tu historia— en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde quieras, el asunto es jugar.






Menú económico para gárgolas de bolsillo

Todavía se puede escuchar el maullido de los gatos. Lejos. El rumor oscuro y sordo que emerge desde el fondo de la tierra. Un temblor de cielo. La vieja ciudad que escapa del infierno para devolvernos demonios olvidados. Lamentos de luz y mármol. Y entre las sombras, en un rincón de la escalera, despojos de pescado en un charco de leche.

martes, 2 de agosto de 2016

Viernes Creativo. Zdzislaw Beksinski.


Hay algo bello y aterrador en lo que nos espera. ¿Qué te inspira esta imagen de Zdzislaw Beksinski?

Esta es la propuesta que Ana Vidal nos deja en la última página de Escribe fino, sobre una espectacular imagen de Zdzislaw Beksinski, que a mí, no sé por qué, me ha querido llevar hata los Cárpatos...

Zdzslaw Bekisinski.jpg

Renacimiento


El día en que Mhatías Whonnovich, después de muchos años de investigación, pudo por fin gritar “¡Eureka!”, estallaron matraces y pipetas, se reventaron capilares y tubos de ensayo, se avivaron mecheros y crisoles, se desequilibraron balanzas y temblaron, cómo nunca hasta entonces lo habían hecho, las paredes del laboratorio que había convertido en su castillo después de la muerte de Evangheline Adamcizk, su esposa y madre del único hijo de ambos. Ni Evangheline ni el joven Mhatías lograron superar el trance del parto, aquella noche de tormenta. El reverendo Adamcizk, la ciudad en pleno y el propio Whonnovich, nunca consiguieron perdonar que les hubiese privado de la más bella y prometedora de las mujeres que allí habitaban. Empeñado en una paternidad que desaconsejaban los mejores doctores del mundo conocido, no cejó en su empeño hasta dejar encinta a la flor de Sighisoara.

Allí, abandonado y solo pasó el resto de sus días, hasta que aquel rayo salvador consiguió abrir, de una vez por todas, las puertas del infierno. Eva le esperaba, más seductora que nunca, con los brazos abiertos, sedienta de su sangre salvadora, para engendrar una estirpe inmortal.


sábado, 9 de julio de 2016

Viernes Creativo


Esta es la propuesta que nos hace Ana Vidal para los Viernes Creativos que maneja estos días de forma interina:

"Es en vacaciones cuando tenemos tiempo para pensar en cambiar de vida. ¿Qué historias te sugiere esta ilustración de Rosa Fuster Serquera “Volver a empezar”?
La imagen nos la hace llegar Toni Mascarell, ¡gracias!"


La ilustración es magnífica y a mí me ha sacado esta historia...



El color del carbón 

Todavía recuerdo a mi padre subir de la mina. Aquel camino abrupto, lleno de lazadas que iban y venían hasta morir en la casa. La más alta, la más alejada, la más sombría de una aldea creada de sombras. La mayor parte de sus compañeros de turno gastaban parte de la paga en la cantina de al lado del río, donde el molino. Allí se emborrachaban para luego, casi de madrugada, volver al redil y quedarse dormidos sobre los cuerpos abúlicos de sus mujeres. Él no. Allí vivíamos al día, porque al día siguiente podíamos haber muerto. Él, cada anochecer, me daba lo justo para los gastos del día siguiente y lo demás lo ahorraba para, los sábados en el mercado del condado, comprar pinceles y lienzos, moletas y espátulas, aceites y pigmentos. Verde de París, bermellón, rojo veneciano, amarillo de cadmio, azul egipcio, alizarina, cochinilla, púrpura de Tiro. No sé para qué tantos, si al final todo, en aquellas tierras, quedaba teñido de gris. Un gris opresor que velaba desde el prado hasta el cielo, desde los torrentes hasta los pájaros. Como grises se volvían sus telas: reiterativas, enfermizas, fastidiosas, excesivas. Un mes después de irse ella, salió de su letargo. «Ahora tú ocuparas su lugar», me dijo, y llevó todas mis cosas al arcón que compartían, al lado del catre sobre el que habían dormido juntos tanto tiempo, sobre el que un día me engendraron, sobre el que me habían traído a este mundo un día no muy preciso de una mañana, también gris, de invierno, hacía quince años. Nada más verle asomar lo preparaba todo. Calentaba el agua para que pudiera lavarse, preparaba su blusón de pintar, su paleta de mezcla, sus colores, y me volvía a poner aquella ropa de otro tiempo, cenicienta, marchita, con la que él quería recordarla. Cuando entraba ya me encontraba posando. Siempre. En la misma postura abandonada que me había enseñado. Al llegar se lavaba con pulcritud, se ponía ropa limpia y se calzaba aquel blusón azul que se había hecho traer de París. Mezclaba y mezclaba y, por más colores que utilizara, solo conseguía ir del perla al marengo, del azulado al francés. Nunca fue capaz, a pesar del parecido que decía que teníamos, de volver a recordar su cara, pintar sus ojos, perfilar sus labios, matizar su pelo. Impotente, me mandaba desnudarme e insistía en que me acostara. Luego, también desnudo, se echaba sobre mí y lloraba lágrimas de carbón, cada noche, cada año, hasta convertirme, un día, en esta mancha imprecisa que todo lo difumina.

Rosa Fuster Serquera