domingo, 18 de octubre de 2020

Zenda. Historias rurales

 

Agua limpia

Las moscas se arremolinan al amparo de las mulas. Las mozas se arremangan la blusa y las enaguas para clavar las rodillas frente al lavadero. Cuando acaban, los baldes repletos de ropa blanca y limpia parecen enormes bocaditos de nata, de los que se ven en los escaparates de las pastelerías de la ciudad. Al volver unas reparten la carga a lomos de las bestias; otras se colocan los barreños sobre la cabeza e inician un sugerente contoneo mientras suben hacia el pueblo. Una cohorte de chavales les siguen a hurtadillas y un rumor de enjambre las envuelve hasta que llegan a la casa del coronel. Allí la algarabía se pone de puntillas y un silencio, parecido al que acompaña al Cristo hasta la ermita la noche de jueves Santo, envuelve al cortejo. Las caderas de las chicas abandonan su vaivén, los zagales espías toman el camino de las eras, las caballerías rehúsan el paso. Un miedo atávico atraviesa las ventanas selladas con un aspa de tablones carcomidos. Un cartel de peligro avisa del posible derrumbe de la tapia y de los muros repletos de grietas. La memoria de las piedras evoca el hambre del antiguo inquilino de la casa, su gusto por el dulce. Nadie entonces advirtió de la celada. La turba de insectos se vuelve insoportable. Las lavanderas tensan los arreos y la recua continúa, a duras penas, hasta alcanzar la calle de la iglesia.



lunes, 11 de mayo de 2020

Concurso Zenda. Historias de nuestros mayores.


De la misma madera

La vieja Amalia calza cachava de noguera y alpargatas de paño negro. Su estampa corva deambula por la acera, calle arriba, calle abajo. Un pañuelo negro oculta su cabello; un triángulo que protege su memoria de las travesuras del viento, y de los dardos afilados del sol de media tarde. Si se para, recuerda a un árbol sinuoso. Las arrugas de su piel pasarían por la costra envejecida de una encina centenaria. No se sienta. Nunca se sienta. Está acostumbrada a recibir parada los envites de la vida, de frente, con los pies clavados en la tierra. Su tronco, ahora doblegado por un problema de columna mal resuelto, apuntaba antes al cielo. Su cabeza, libre de mordazas, se erguía como la copa de un pino, grande, resuelta y orgullosa. Amalia lleva la mirada a la altura de los hombros. Sus pupilas exploran a quienes se le acercan. Dos escáneres redondos que resaltan en el fondo grisáceo de su iris desgastado por el tiempo, y por el velo de un par de cataratas. A veces le traiciona la nostalgia, y ve, en alguna de las sombras que aparece por la esquina, la imagen desgarbada del Jacinto, su traje de paño gris marengo, su gorra de cheviot, las manos en los bolsillos, repletos estos de caramelos para los críos del bloque, que corrían al verle, a recoger su recompensa. El muy cabrón, que luego, entre las paredes de su casa, era capaz de levantarle aquellas mismas manos manchadas de azúcar. No es él, se lo llevó la gloria hace mucho tiempo. La gloria o el diablo, que muchas veces ni ella misma sabe el credo se encarnaba en aquel hombre de genio movedizo. Tampoco es a quien espera; le lloró, pero no podría decirse que lo había echado de menos; aunque suene duro. Cuando se deshace el espejismo coloca sus dedos a modo de visera, no importa que no haga sol, como si aquello apaciguara sus dioptrías o apartara, de alguna forma, la cortina acuosa que distorsiona su mirar. Tampoco es ella. Descarta siluetas grandes y menudas, desmadejadas y esbeltas, estilizadas o zafias, a medida que se acercan. No se olvida a quien se pare. Ni el tiempo ni la edad, ni siquiera el desencanto, quebrantan la cadena umbilical que entrelaza a una madre con su hija. No es ella. Su andar resuelto, sus rodillas algo juntas hasta que le pusimos las plantillas. Tampoco es ella. Su pelo negro, rebelde, rizado; a saber cómo lo llevará ahora. Pero una madre nunca peca de olvido. No es ella. Desgrana así a cada paseante como cuentas de un rosario. También lo haría su madre en la ventana cuando aún esperaba su regreso. Aguanta hasta que el sol se desvanece entre las casas del ensanche. No se halla en la penumbra. Arrastra su raíz hasta el portal. Salpica de resina la escalera mientras llega hasta el tercero. Se asoma por el vano ante el ruido más sutil. No es ella. Franquea por fin el umbral de su refugio y cierra, otro día más, la puerta a la esperanza. #NuestrosMayores

Concurso de historias sobre nuestros mayores

lunes, 6 de enero de 2020

Cuentos de Navidad. Zenda


El día de los inocentes

Nunca más volvimos a pedir el aguinaldo. El sonido rancio de aquel timbre sonó como un aviso. Pero no supimos darnos cuenta. Ni Juan, ni yo, ni siquiera Abel que era tan listo. Entramos en la casa de aquel viejo atraídos por el barniz garrapiñado de las almendras, por el atractivo celofán que cubría los polvorones, por el irresistible dulzor del moscatel que nos mostraba en su bandeja de bienvenida. Solo después, mientras presumía de árbol y nos acariciaba las cabezas, fuimos conscientes del obsceno grosor que abultaba la ajustada tela azul de su esquijama. Corrimos, antes de que sus manos agarraran nuestras nalgas, clavándole el pandero en la entrepierna. Por suerte la puerta estaba abierta y bajamos a saltos la escalera. Ni el frío contraste del viento de diciembre contra el acalorado rubor de nuestra piel, pudo apagar la hoguera que abrasaba nuestro orgullo. Callamos; durante un buen rato callamos. Sentados en el callejón trasero del mercado nos evitamos la mirada. Solo los ducados que Abel cogía de las cajetillas de su padre nos infundieron el valor suficiente para enfrentarnos a los hechos. El humo del tabaco, por extraño que parezca, aplacó nuestro resuello. Pensamos en voz alta, cada uno desde el asombro interior de su experiencia. Juramos tanto una omertá a rajatabla, como que aquello no quedaría sin venganza. La cena de Nochebuena y las visitas a la familia, y a los amigos de nuestros padres, nos mantuvo al margen del conflicto. Volvimos a vernos en el quiosco de la plaza. Habíamos recaudado algún dinero de tíos y vecinos, sin necesidad de agrandar ningún paquete. Era el día veintiocho, día de inocentes y petardos, de billetes de mentira y bombas fétidas. Era el día ideal para consumar nuestra vendetta. O para recordarle a aquel cabrón que no le habíamos olvidado. Enfilamos su calle con el fin de sorprenderle. Jugamos a los chinos y a la lima, en la tierra reblandecida por la gélida humedad de los días precedentes. Fingíamos estar en otras cosas, pero solo queríamos sorprenderle. Tendría que salir tarde o temprano. Nos costó reconocerle con pantalones de tergal y un abrigo que casi le cubría las rodillas. Pero lo que más nos confundió es que saliese del portal con aquella mujer agarrada de su brazo, elegante y atractiva y, pudiéramos haber jurado entonces, más joven que la menor de nuestras madres. Una vez vencida la sorpresa, seguimos a la desigual pareja, aunque bien es verdad que, así vestido, no parecía el ser decrépito que había pretendido atropellarnos. Nos dio igual, a la vuelta de una esquina, apostados en la pared oculta de una calle, soltamos nuestra traca. Tres descargas simultáneas que aceleraron el ritmo de su corazón hasta el galope. No pudo soportar tanta carrera, y aunque nosotros huimos a escondernos, el eco del barrio prorrumpió a los cuatro vientos el resultado fatal de nuestra empresa. Nadie mencionó a su consorte, ni que el pobre truhan anduviera acompañado. Se buscaba a los gamberros que, seguramente sin querer, habían provocado el desenlace. Solo después de muchos años, después de haber visto otras veces de cerca su semblante, convinimos en dar nombre a nuestra dama misteriosa. No es que el canalla no la hubiera merecido, pero un aliento tórrido se instaló en nuestra conciencia, al sabernos por la Muerte utilizados.

La mujer. Alfred Kubin


viernes, 11 de enero de 2019

Esta Noche Te Cuento. Cristina García Rodero.

Esta Noche te Cuento es una fuente inagotable de inspiración. Es por eso, que en estos días voy a intentar actualizar el blog con los cuentos que se han ido quedando atrás en los diversas propuestas de todo el año. Voy a empezar con la propuesta sobre una imagen de García Rodero. Una imagen que me resultó muy sugerente y en la que participé fuera de concurso por ser parte del jurado.




















Sombras del pasado


Aquel agosto murió huérfano de golondrinas y de amores pasajeros. Encerrado en el desván quemé mis naves. La vieja Underwood escupía sobre el papel blanco una caravana de letras que avanzaban como hormigas en busca de alimento. Solo salía por las noches para coger aire; y para ir al cine de verano que montaban unos mercachifles ambulantes acampados en la alameda. Había que llevar la silla y al terminar la película, dos niñas con coletas y churretes en la cara, pasaban sus sombreros de fieltro para recoger unas monedas. Me gustaba llegar pronto, mientras montaban el proyector y tensaban la tela entre dos árboles robustos. Veía sus sombras al trasluz. Iban de un lado a otro, a veces discutían. Agitaban las manos con la misma vehemencia de mi madre no hace tanto, cuando venteaba mis sábanas al frescor de la mañana. Cuando sacudía su índice acusica contra mí en medio del tendal, para recordarme que los trapos sucios se lavaban en casa. Pero no podía evitarlo, ni siquiera después de que desapareciera mi padre. También pesaba demasiado aquella omertá de miradas huidizas, de silencios forzados. Solo la verdad, escrita entonces en aquellas cuartillas clandestinas, contuvo mis esfínteres.


sábado, 15 de diciembre de 2018

Viernes creativo. Sr. Alarido


Esta es la propuesta del último viernes que nos lanza Ana Vidal para sus viernes creativos:
Hoy la historia nos la quiere contar esta mujer en la peluquería, a la que fotografió Sr. Alarido. Está a punto de decirnos algo, de contarnos el historión de su vida, aquí mismo, en exclusiva para el bic naranja. ¿Qué nos va a decir? Solo tú lo sabes. Y tú. Y tú.
Pues yo me sé la vida de Nadiya y Ksenia…

mujer peluquería Sr. Alarido

Viejas ilusiones

Nadiya y Ksenia hablan como dos abuelas. Si las escuchas desde detrás de la pared, o cierras los ojos mientras ellas se afanan en sus charlas, no podrás adivinar su verdadera edad. Nadiya y Ksenia han vivido mucho, más quizá de lo que deberían haberlo hecho. Nadiya huele todavía a bosque de cedros, a mercado de especias, a jena fresca. Ksenia tiene la piel de hielo y el azul del mar Báltico en la mirada. Nadiya y Ksenia han recorrido medio mundo, han conocido muchos hombres, han tenido que aprender a decir no. Nadiya quiere ser madre, no tiene prisa, pero sueña para sus hijos una vida diferente a la suya; mejor. Ksenia quiere ser actriz, o cantante, y volver a su tierra convertida en una estrella. Nadiya y Ksenia trabajan mucho, a veces sin contrato, y ganan poco, pero tienen la cabeza repleta de ilusiones. Nadiya estudia en la escuela de adultos. Para terminar el graduado se quita horas de sueño y de salir por ahí como otras chicas de su edad. Ksenia ahorra todo lo que puede para la pagar academia de canto y de interpretación. Nadiya y Ksenia friegan escaleras o cuidan ancianos para vivir en la habitación que comparten en un piso de las afueras de Madrid, y para mandar a sus familias algo de dinero que alivie sus angustias. Nadiya y Ksenia una vez al mes se acercan a la peluquería de Yong, y allí, mientras les pintan las uñas y les alisan el pelo, fantasean cómo se verán cuando envejezcan y se imaginan una vida nueva al otro lado del espejo.

domingo, 28 de octubre de 2018

Viernes creativo. Elmar Geißler.

Este viernes pasado, Ana Vidal vuelve a retarnos con una imagen, en mi opinión magnífica, pero también difícil. El autor Elmar Geißler, nos propone una imagen insólita, una reloj concreto en sus, digamos, últimas horas. Nada menos que el reloj, o uno de los relojes, de la Grand Central Terminal de New York, caído, desvencijado, sin manecillas, pero con un gran atractivo. Un relato en si mismo. Yo he intentado escribir algo sobre esto, pero no he podido llegar a la altura.
Elmar Geissler - reloj sin tiempo


Grand Central Terminal


La ciudad nueva se come a la Gran Manzana. El tiempo se detiene en la Grand Central. Los trenes se evaporan cuando alcanzan el andén. Los pasajeros esperan cargados de maletas que les son ajenas. En los paneles de información, las letras y los números giran y giran sin encontrar hora ni destino. Bartal, de rodillas, coge la mano de Gladys mientras espera su respuesta. Ella, poseedora de un futuro incierto, deja la cofia, el delantal y el expositor de tabaco a una muchacha más joven, más alta y con muchos más sueños, antes de darle el sí a ese joven desconocido. Ernst Lubitsch recorre la estación como un poseso, agitando los brazos mientras grita: «corten, corten, corten» sin que nadie le escuche, sin que nadie repare en las saetas que oscilan en sus manos airadas. Un reloj, olvidado en un rincón con cuerda para rato, exhala su último suspiro. Un dindón de hojalata se esparce por el aire para anunciar que el tren con destino a Putnam está a punto de partir. Gladys y Bartal, a los que nada se les ha perdido en Putnam, salen a Park Avenue y pasean de la mano por una ciudad que, aunque distinta, recuerdan haber soñado alguna vez.



Relatos en Cadena. Octubre. Episodio III.


Esperando que las aguas vuelvan a su cauce, escribo, por falta de tiempo más que por cualquier otro motivo, dos micros de último minuto. Acuciado por el trabajo y por la vida, quedan pocos resquicios para encontrar momentos de introspección y silencio, en los que las ideas fluyan y se hagan relatas. Considero este como un periodo de transición en el que es importantes por lo menos estar. Y estoy. No con los tres microrrelatos prometidos, pero intentando no perder al menos la presencia. Dos micros, dos, es todo lo que puedo ofreceros esta semana. Resultó ganador en esta tercera semana de octubre, Alberto Corujo con su El deslenguado, con un micro, a mi entender, brillante. Fueron finalistas junto a él, Gustavo Charles, con El método científico y Joaquín Valls con Primum vivere, de entre estos dos es más de mi agrado el de Joaquín. Enhorabuena a los tres por asomarse a la ventana. 

La hora del sicario

Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, se escucha un rumor inquieto en la casa del Lobo. La viuda y otras mujeres de negro moquean en silencio. El zumbido sube y baja, revolotea alrededor de la caja del muerto, tropieza contra los cristales de las ventanas. Contrasta la quietud de luto que guardan sus allegados en el velorio, con el bullicio saciado de venganza con el que le reciben los espíritus atormentados de todas sus víctimas.


Imagen de Jan Saudek


Doce semanas y media

Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, como un bullir de versos en la tripa de una adolescente, como la sangre que escapa por una herida abierta en la sien, en un momento se desmoronó el castillo de naipes sobre el que había planificado su vida. Nadie pudo ayudarle ni ofrecerle un consuelo suficiente. Nadie fue capaz de reaccionar ni de pedir explicaciones. Nadie pensó entonces en el timbal de mariscos ni en el chuletón de buey de León; mientras Flor, con su vestido de un blanco forzoso, recorría el pasillo hacia la puerta de la iglesia, después del no rotundo a la pregunta del sacerdote.