domingo, 14 de enero de 2018

Esta Noche Te Cuento. Superhéroes.

Aprovecho que Alivios ha sido seleccionado para el libro de 2017 de ENTC, para publicar Epopeya, que fue también seleccionado en su momento con el tema de fondo de los Superhéroes. La cubierta del libro va a estar ilustrada con una sensacional fotografía de Eva García, de la que también se publican dos relatos en el mismo libro. El título aletreos.

Epopeya

Ni Batman ni Wolverine ni Catwoman acudieron jamás a su llamada cuando los abusones de sexto le quitaban el bocadillo en los recreos. Ni cuando los matones del Cerro de la Maga llegaban con sus motos ruidosas al solar y le ponían en evidencia delante de Marlène o de las hijas del cartero, las gemelas, que lejos de asustarse se montaban en los asientos de atrás y se iban a los montones de tierra a dejarse desabrochar la blusa, a ofrecer sus besos pintados de pecado. Tampoco apareció ningún titán el día que se cayó por las escaleras. Ni siquiera el ángel de la guarda, que permitió también que su madre fuera distraída el día del accidente, que aquel hombre bebiera, que cogiera el coche, que atravesara el paso de cebra a más de ochenta. Ningún superhéroe evitó la represión en la fábrica el día de la huelga, las represalias de la empresa, el despido. Ni el todopoderoso Sindicato, que miró para otro lado para defender su establishment. Nunca encontró la heroína que vistiera entre líneas su lecho de tibieza o calmara la agonía de sus noches. Sólo una pila de cómics desgastados espera su turno en la mesilla.

La imagen puede contener: flor, exterior, texto y naturaleza



viernes, 12 de enero de 2018

Viernes creativo. Tanja Jeremić.

Voy a ser sincero y confesar que tengo dos cuentos para esta sugerente imagen de Tanja Jeremić. El primero me ha gustado mucho y me lo he guardado para un concurso. Otras veces he hecho esto, las imágenes que selecciona Ana vidal suelen ser muy inspiradoras, pero nunca con la primera opción, que siempre he colgado en los Viernes creativos religiosamente. Esto me hace sentirme un poco raro, como si hubiera cometido una traición, pero, aunque es muy difícil, si la empresa llegara a buen puerto, anunciaré orgulloso donde está el gen del que parte la historia. Tampoco suelo hacerlo mucho porque es la imagen la que dicta la historia, su esencia, desde el prisma de cada uno, claro, la que te exprime hasta contarla, y es muy difícil exprimir un limón dos veces.


El influjo de la luna

El hombre lobo se había enamorado de Anaïs Ortega. Aullaba al infinito y corría por las calles buscando su rastro. Anaïs esperaba a que la luna se llenara y escapaba entre las sombras abiertas del espejo. Cada veintiocho días jugaban al gato y ratón. Anaïs tenía miedo de los lobos y de los hombres; de los ratones y de los gatos. Cansada de seguir con ese juego decidió coger el toro por los cuernos. Aunque tampoco los toros eran santo de su devoción, se armó de valor y volvió a fumar. El olor del tabaco difuminaba su estela y su recuerdo, confundía al lobo que recuperaba su forma humana, cuando el satélite empezaba a menguar, antes de encontrarla. De vuelta el hombre, Anaïs dormía tranquila, porque no estaba enamorado y se entretenía jugando en otras camas.

Tanja Jeremic

domingo, 7 de enero de 2018

Zenda libros. Cuento de Navidad

El espíritu de la Navidad

El belén era de mamá. El árbol de papá. Cada año, el primer domingo de adviento, mamá sacaba la caja con las cosas de la abuela y la abría delante de nosotros. Era una caja grande de cartón que arrastraba hasta el centro del comedor ella sola. Después nos llamaba con la misma voz con la que cantaba coplas mientras cocinaba o limpiaba el suelo de la casa. Aunque ya sabíamos lo que había dentro, nos arremolinábamos a su alrededor como si nos fuera a enseñar el mayor de los tesoros. La destapaba sin ninguna ceremonia, pero con la luz de la nostalgia iluminando su cara. Dentro, apartaba otras cajas más pequeñas, algunos libros, una bolsa con un rosario, y una novena a Santa Gema Galgani, y algunos trastos más que no consigo recordar; hasta que descubría, debajo de todo, una caja de galletas Fontaneda, de las que vendían antes, de cuatro o cinco kilos, que rescataba del fondo para enseñarnos las figuritas que habían estado durmiendo todo el año en su interior. Nada nos importaba que a uno de los camellos le faltara una pata, ni que alguno de los pastores fuera manco o que estuviera rota la silla del señor de las gachas. Las colocábamos todas siguiendo sus indicaciones, en un rincón del comedor, sobre un fieltro verde adornado con bolitas de corcho blanco. Primero el portal, con el techo casi hundido y algunos de los palitos de pino barnizado a medio despegar. Después el misterio, con la mula y el buey calentando una cuna todavía vacía. La Virgen y San José, los reyes con sus camellos, los pastores con sus ovejas y Herodes con su ejército, al final, junto a un castillo recortado de cartón apoyado en una de las paredes. Cuando solo faltaba el niño, que mamá había guardado entre algodones en uno de los cajones de su cómoda, sacábamos las panderetas y cantábamos todo el repertorio de villancicos que habíamos aprendido a lo largo de los años. Y se quedaba allí, un poco olvidado hasta que nos daban las vacaciones de Navidad.
Con papá íbamos a la plaza Mayor algún domingo de diciembre que el Madrid no jugara en casa. Primero nos dábamos una vuelta por los puestos y mirábamos con admiración las figuritas de Belén que vendían en ellos. Las había de todos los tamaños y estaban enteras. Tenían enormes portales de madera barnizada y familias de muchos animales distintos. Nos parecían maravillosas, pero no podíamos decir nada, ni mucho menos comprarlas, porque para mamá las mejores eran las de la abuela y solo entrarían otras en casa por encima de su cadáver. Así oímos una noche, cuando ya nos habíamos acostado, que se lo decía a papá muy enfadada. Había también puestos de zambombas y panderetas, de artículos de broma, de bolas, espumillón y árboles de mentira, pero no compraríamos nada hasta llegar a los puestos en los que vendían los árboles. Papá se acercaba despacio y observaba los de cada puesto. Se daba una vuelta, dos, a veces tres o más hasta que decidía cuál de todos iba a ser el elegido. Casi siempre preguntaba por uno más pequeño que hubiera al lado del elegido para indignarse por el precio. Alegaba lo que habían subido desde el año pasado y que estaban más pelados, que era una vergüenza aprovecharse así de la gente en estas fechas y que había preguntado en otros puestos y estaban más baratos. Como los precios estaban engordados, al final conseguía una pequeña rebaja y nos íbamos a casa tan contentos con la sagacidad de nuestro padre y con una lección aprendida que tal vez en el futuro nos podría servir de algo. Ya en casa papá sacaba otra caja con los adornos que había ido comprando para el árbol. Había bolas de cristal muy bonitas y delicadas que nos dejaba ver, pero que solo él colocaba en la parte más alta. Aunque una de las tareas más difícil era la de plantar el árbol en un tiesto que habíamos forrado previamente con un papel brillante y lleno de estrellas. Cuando lo intentábamos, todo el suelo se llenaba de mantillo y mamá venía corriendo a barrerlo mientras despotricaba en voz baja pero tajante. Casi siempre quedaba algo torcido, pero lo dejábamos por imposible y colocábamos el espumillón, las bolas menos delicadas, los renos y los papanoeles, y los paquetes falsos de regalo, rodeando el árbol y colgando de sus agujas. Antes de sacar las panderetas, papá cogía a Luisito, el más pequeño de nosotros, y le aupaba hasta la copa para que colocara allí una estrella grande y brillante. Vas a poner la guinda, decía, y cantábamos los mismos villancicos que cuando pusimos el belén, incluso en el mismo orden.
El día veinticuatro olía a guirlache y asado, teníamos los bolsillos llenos de caramelos y polvorones del aguinaldo, cantábamos y bailábamos para entrar en calor, dibujábamos estrellas en los cristales empañados de las ventanas. Mamá iba y venía de un lado a otro mientras colocaba las bandejas de dulces y turrones, mientras preparaba las ensaladas y cocía las gambas, mientras regaba el cordero con el jugo que él mismo iba soltando, mientras colocaba la mesa. En uno de esas idas y venidas siempre se acordaba de rescatar al niño de la cómoda, de sacarlo con cuidado de su funda de algodones y colocarlo en la cuna, aunque no fueran todavía las doce, porque decía que tenía que presidir la cena. Papá solía llegar con los ojos brillantes y un deje de ternura en el hablar. Traía dos botellas de sidra helada y el peso de los años en los bolsillos. Cenábamos pronto y nos íbamos con la barriga llena, y la felicidad de estar juntos en las mejillas, a la misa del gallo. Convencidos de que siempre sería así, sin imaginar siquiera lo que duelen las ausencias, lo que cuesta arrastrar una caja de recuerdos por el suelo de la casa.

jueves, 4 de enero de 2018

Esta Noche Te cuento. En blanco y negro (1)

Este año en ENTC se han metido en obras. Han pintado la casa y han movido algunos muebles, aunque la esencia sigue siendo la misma. Las propuestas, fotos en blanco y negro, 6 oportunidades en doce meses. La primera es una sugerente imagen que parece salir del corazón de la gran manzana del fotógrafo americano Thomas Hoepker.

Imágenes integradas 1




Nadie conoce a nadie

El café está frío. Como el pavo. Como las salchichas que vende el negro Sam en el puesto ambulante de la esquina. Así lo pone en su carromato destartalado, «prueba las salchichas del negro Sam, las mejores de todo Brooklyn». Y las vocea mientras se agarra el paquete con su enorme mano de antiguo recolector de los campos de algodón. «¡Charly!», «¡Charly!», me llama cuando paso y el puesto está vacío, sin conocer mi nombre ni mi cara, con la familiaridad de quien abre un agujero en sus recuerdos. Sin saber siquiera si me gustan las salchichas. Entonces dibujo en mi cara una sonrisa alegre de payaso y me excuso con un gesto divertido que provoca en el negro una enorme risotada que me acompaña hasta la cafetería; que persiste entre el ruido de la loza y las comandas; que guarnece el insípido emparedado y endulza cada trago de un café cargado en exceso. Que me aísla, por así decirlo, de la indolencia de los demás clientes. Dejo sobre la barra los sesenta y nueve dimes que me separan de Actlantic Avenue. Todavía no llueve. «¡Charly!,¡Charly!», grita el negro. Y me acerco, ahora sí, a pagar de rodillas su entusiasmo.





sábado, 23 de diciembre de 2017

Viernes creativo. Lu Wenpeng


Ana Vidal despide los viernes creativos de este año con una fotografía muy sugerente de Lu Wenpeng, una de las ganadoras de los Siena International Photo Awards 2017.

Paralelismo

Él es grande, fuerte, veloz. Inalcanzable.
Ella le mira desde su piedra de sal avanzar con pasos de gigante. Caminar sobre las aguas embravecidas de mares de tormenta.
Él, en su burbuja, parece no temer a nada ni a nadie. No necesitar estímulos ni asideros. Ni afectos ni verbenas. Solo el viento favorable que acaricia las nubes, el horizonte que parte en dos las niñas de sus ojos. Una meta. Un objetivo.
Ella sopla pompas de jabón desde ventanas de cielo, escucha la rompiente de sus pies contra las olas. Compone versos, salmos, epopeyas. Convoca ejércitos de hormigas, cúmulos de miel, notas de guitarra. Palabras. Y música.
Sus mundos no se cruzan, no se tocan. Permanecen. Juntos. Cerca el uno del otro. Hasta que él se pare. Hasta que ella esquive la mirada.

Podéis leer los demás cuentos de los Viernes creativos pinchado aquí...

Wenpeng Lu Siena awards 2017


domingo, 17 de diciembre de 2017

Viernes creativo. Oymyakon.


Ana Vidal nos vuelve a poner a prueba llevándonos este viernes a Oymyakon, el lugar más frío del mundo. ¿Qué puede ocurrir allí?

Nos invita a dejar una historia en un comentario en esta entrada, en facebook, en google+, en twitter, en tu blog o donde cada uno quiera, el asunto es escribir…


La vuelta

Siguen aquí, con sus mismas ropas, con las mismas ideas, con los mismos recuerdos colgando de un témpano de hielo. Congelados en la misma ciudad de cristal que abandoné aquella madrugada. Anclados en el tiempo, apresados por una calígine de sargazos blancos. Almas en conserva. Efigies que se confunden con los iconos de la revolución. La misma piedra. La misma nieve turbia de siempre. Suspendida copo a copo. Antes de deshacerse en las lenguas perpetuas del invierno. No me reconocen. Ni sienten el calor que avanza conmigo a cada paso. La fiebre extranjera capaz de derretir el bronce. Mejor mirar para otro lado, y esperar a que el viento helado de la noche detenga mi progreso.

Oymyakon



lamicrobiblioteca. Noviembre 2017


Aunque he participado poco en lamicrobiblioteca, es uno de esos concursos que se tienen siempre en el punto de mira, por la calidad de los micros que seleccionan, por entrar en el libro que editan al final de cada temporada, acompañado de tantos microrrelatistas amigos, por tener una excusa para viajar a Barcelona. Quiere esto decir que estoy encantado de que uno de mis micros haya entrado dentro de las deliberaciones para escoger al ganador del mes de noviembre, junto con otros cuentos de Mar Horno, Susana Revuelta y Arantza Portabales. El ganador de este mes ha sido Ezequiel Barranco y su Melónamo. Si pincháis aquí podréis leer los micros de los demás compañeros y trastear por el magnífico blog de lamicrobiblioteca.

Solo me queda agradecerle a Eva García que me diera el soplo, a Susana revuelta que lo publicara en Facebook y a lamicrobiblioteca que se hayan fijado en mi Vendida.

Vendida

La casa lleva cerrada más de tres años. Los pestillos de las ventanas echados, las persianas bajadas hasta el fondo, la puerta sellada con trece puntos de anclaje. Dentro, los muebles están cubiertos con sábanas de un blanco sucio, como fantasmas sorprendidos por una lluvia de polvo. Cuando cada dos o tres meses vuelvo a comprobar si hay novedades, no puedo evitar que, al escuchar el sonido de tanto cerrojo franqueándome la entrada, me invada la sensación de estar profanando un santuario. Me imagino cientos de recuerdos corriendo a esconderse debajo del sofá o en el interior de algún cajón. Me parece escuchar sus voces amortiguadas por el recelo, igual que escuchaba los cuchicheos de las gemelas en las noches de invierno. Todavía puedo sentir sus pasos diminutos y sobresaltados dirigirse hacia la habitación de sus padres para advertirles del peligro; la profundidad de su mirada mientras buscan debajo de las camas y dentro del armario para comprobar que no hay nadie, que no deben tener miedo. Recuerdo su temblor incontrolado y aquel salto al vacío como último recurso, juntas, de la mano, hasta el silencio opaco del asfalto. Ahora, solo deseo conocer a los nuevos propietarios.

Resultado de imagen de  muebles tapados con sábanas
Imagen tomada de la red